Para comenzar, además de darles la bienvenida a esta materia, que, para muchos, será la despedida de su facultad, quisiera situarlos en el espíritu de esta cátedra, y los objetivos de su transmisión.
Si en el horizonte del programa que debemos recorrer, se recuerda en cada paso, en cada tema, en cada obstáculo, en cada interrogante, este espíritu al que me referiré a continuación, esta cátedra, además de cumplir su programa de enseñanza, habrá logrado sembrar en ustedes el respeto que cada sujeto se merece, desde una ética necesaria en el ejercicio de nuestra profesión.
Si podemos ejercer nuestra intervención clínica desde las teorías que aprendimos, elegimos y nos sirven, sólo tendremos eficacia si recordamos, en todo momento, que se trata de un sujeto que sufre en su cuerpo de dolor o discapacidad parcial o total para vivir una vida que carece de sentido, si la tiene que dedicar exclusivamente a su cuerpo enfermo. En otras palabras, se trata de evitar desde nuestra tarea que el sujeto haga de su discapacidad el centro de su vida. Para ello, es indispensable tener en cuenta que nuestra labor es también, y fundamentalmente, algo que debe realizarse desde el afecto y la consideración por el otro.
Vivir es transitar por una vida cuyo sentido vaya más allá o trascienda la atención de la enfermedad. Vivir es continuar con proyectos, si se los tiene o, tal vez, iniciarlos, si se está utilizando la enfermedad como único sentido de la vida. En este último caso, la ineficacia de un tratamiento kinésico no se referirá a la ineficacia del profesional, sino al beneficio secundario que la enfermedad le otorga al paciente. En este caso, ustedes requerirán del trabajo en equipo, de ahí la importancia de la labor interdisciplinaria en la atención de las rehabilitaciones, porque ningún profesional puede cubrir los múltiples perfiles que presenta todo tratamiento (no sólo kinésicos, sino también médicos, psicosociales, etc.).
No olvidemos, en todo momento, que nuestra tarea consiste, entonces, también, en enterarnos, de mínima por cierto, qué proyectos de vida o actividades del sujeto viene a interrumpir la lesión, qué proyectos familiares se ven pospuestos, y a quiénes de los familiares implicados en el tratamiento (por cuidados, traslados, pago) afecta en sus propios proyectos la atención del enfermo (ésto, en el mejor de los casos, cuando se trata de un paciente acompañado). Agregaríamos, como agravante, el factor social de algún sujeto que se encuentra solo, sin cobertura efectiva, económica o incluso médica.
La propuesta de la cátedra, entonces, es una práctica sostenida en las teorías que nos acompañan, considerando que, fundamentalmente, se trata de un sujeto que sería deseable que quisiera vivir con un cuerpo para el placer, la creatividad, el trabajo, pero no para la enfermedad.
De todos modos, es preciso despejar dos cuestiones:
1. No somos dueños del sentido de la vida ni del proyecto que elige cada paciente, que puede no ser para el placer y el trabajo, puede ser para seguir peleando con su mujer o con su jefe. Esa no es nuestra cuestión, sino que no sólo recuerde a su cuerpo cuando éste le duele o lo invalida, sino que pueda disponer de él aunque no duela, así sea para irse de un portazo de la casa o de su trabajo. Esto último es cuestión de la neurosis de cada uno, y de eso se ocupan los psicoanalistas, pero es importante para nosotros saber de qué sujeto se trata en relación a sus proyectos para incluirlo en nuestro pronóstico.
2. No aceptar como propio el discurso médico imperante, el cual nos sitúa como una práctica paramédica, cuestión que no legitima nuestra función al delegar la responsabilidad de nuestro acto en el mero de una indicación médica (obediencia debida). |